Paz y Bien

Ya hemos celebrado la nochebuena, hemos comido tortas de pascua, mantecados, polvorones, turrones…etc. Pero para muchos aún no ha ocurrido aquello que le da magia a la navidad.

Cuando éramos niños esperábamos inquietos y con gran ilusión la noche en la que tres extraños se colaban en nuestra casa por el balcón ¡y lo más sorprendente es que no les teníamos miedo!

Al contrario, les habríamos nuestra casa, les preparábamos el mejor roscón con un poco de vino y a esos camellos voladores un poco de arroz y agua, sin olvidar dejar bien colocados nuestros zapatos para que no olvidaran dejar nuestros regalos.

Pensábamos en tres hombres que nos conocían bien y que como magos y reyes que eran, sólo podían cumplir nuestros deseos; así que íbamos corriendo a la cama, éste era el único día del año que no resultaba imposible para nuestros padres; y así con un ojo cerrado y el otro entornado pasábamos la noche en vela por los nervios que nos invadían.

Tras una noche larga sin dar importancia al cansancio y con el corazón latiendo a mil por hora, corríamos a la cama de nuestros padres para ir al salón a ver los regalos. ¡Qué momento el de estar frente a la puerta!

¡Pues sí! Éste es un gran día y… ¿Por qué perder esa ilusión? ¿Por qué olvidamos ser como niños en ocasiones como estas?

Aquí, nosotras vivimos el día de reyes prácticamente igual que cuando éramos niñas, eso sí con unos pequeños matices claro… ya no vamos corriendo a la cama de nuestros padres sino a despertar a las hermanas.

El día de la epifanía es una fiesta realmente especial y no sólo porque encierre en sí la fuerza de la ilusión de los más pequeños, las demostraciones de amor, la semilla de los pequeños detalles… etc. Si lo pensamos bien, ¿por qué hacemos todo eso?

Se nos olvida que hace 2000 años unos “reyes” supieron ver en un niño pequeño e indefenso la grandeza de aquel que sería capaz de dar sentido a nuestras vidas. Los reyes supieron adorar, fueron capaces de verse más pequeños que ese niño a pesar de ser tan importantes y tan sabios. Quisieron arrodillarse y ofrecer lo poco que tenían. Así que ¿por qué no hacerlo nosotros? ¿Por qué no acudir a los demás con esa actitud? Siempre que tenemos un detalle con alguien nos hacemos pequeños y el obsequio demuestra sin palabras la importancia del otro para nosotros.

Y un último paso más, ¿Y si somos cada uno de nosotros esos reyes este año? ¿Por qué no acudir al niño con todo aquello que podamos ofrecerle? Da igual lo que sea: alegrías, preocupaciones, sufrimientos, deseos… si con ellos conseguimos arrodillarnos y creer que él puede llenar nuestra vida habremos recibido y entregado el mejor y más sincero regalo de reyes.

¡FELIZ NAVIDAD!