Paz y Bien

Este Domingo pasado celebramos el misterio de la Santísima Trinidad, día en el que se recuerda especialmente a la vida contemplativa.

Nuestra aventura comenzó con un “Sí”. Éste no es algo vacío que carezca de importancia, esa pequeña respuesta es la que cambió el rumbo de nuestra vida. ¿Dónde se esconde la grandeza de este sencillo monosílabo? En que un día Alguien irrumpió en nuestra vida con gran fuerza y de repente, cuando menos nos lo esperábamos y nos propuso un camino diferente, un tanto atrevido, pero eso sí, en compañía, nos llamó por nuestro nombre y nos regaló una familia con quien compartir esta gran alegría.  

Así tiramos por tierra el gran tópico de la vida consagrada: no somos mujeres solas, serias y que se han alejado del mundo, respondimos Sí a una persona concreta que nos llamaba en un lugar concreto; dijimos sí a vivir en fraternidad, a vivir con esa familia que Él nos quería regalar y con la que podríamos compartir el gran regalo de la vida; dijimos sí a entregarnos y ser reflejo de la alegría de ser hermanas, no sólo entre nosotras sino dejando nuestras puertas abiertas para compartir y acoger; dijimos sí a vivir el ahora saboreando cada minuto, aprendiendo a hacer de lo cotidiano algo extraordinario; a no mirar el reloj, a escuchar sin prisa, a ganar el tiempo sabiendo perderlo cuando es otro el que nos necesita; dijimos sí a aprender a aprender con la ilusión y el entusiasmo de vivir aprendiendo; dijimos sí a que nuestros planes se rompan siempre que sea necesario y a que sea Dios quien nos llene la agenda; dijimos sí a confiar y abandonarnos, a no creernos demasiado valientes y fuertes como para caminar solas, sino en compañía: confrontando nuestra vida con Dios y con las hermanas: porque como solemos decir: juntas no es más fácil pero es mejor; dijimos sí a ser como niñas, a ser felices, a reír y jugar aprendiendo a ser hermanas; a vivir agradeciendo; a la sencillez, a no tener miedo a la autenticidad; dijimos sí a ser creativas y vivir atentas al Espíritu para exprimir al máximo nuestra forma de vida; a no dejarnos vencer por el miedo y por la dificultad porque el mismo que nos llamó nos había prometido que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo; dijimos sí a aprender a amar radicalmente no al son de sentimientos; a dejarnos amar y no llevar las riendas; dijimos sí a hacer carne la unión; a ser instrumento en manos de Dios queriendo siempre lo que él quisiera; dijimos sí a dejarlo todo para tener aún más; a caminar por la senda de la libertad; dijimos sí a entregar nuestra capacidad de amar y ser amadas por amor;

Pero ¿sabéis el sentido de este sí cuál es? Vivir repitiéndolo cada día, comenzando de nuevo sin quedarnos ancladas en los tropiezos, no se trata de ser perfectos, no estamos llamadas a eso, se trata de ser realmente una misma, viviendo en la verdad de que somos Hijas amadas de Dios, porque como Dice Francisco somos lo que somos ante Dios y nada más, y ante él somos Todo. Claro que es una aventura atrevida, pero realmente apasionante.

Los consagrados estamos llamados a ser fieles a este gran regalo que es vivir con Dios y con los hermanos, buscando en todas partes y en todos: el rostro de Dios, eso es contemplar.