Una de las cosas que más me gustan y a la vez más me sorprenden de vivir en fraternidad es como dice el dicho: “la unión hace la fuerza”, en nuestro caso más que la fuerza, la unión hace posible muchas cosas que a simple vista parecen difíciles. Creo que se cumple lo que dice Jesús: donde haya dos o más reunidos en mi nombre ahí estaré yo, y si Él está, todo es posible.

Es posible compartir, soñar, conocerse a sí mismo y conocer a los demás, amar sin límites, reír, jugar, ser adulto y enfrentarse a todo, ser libre, vencer el egoísmo, buscar juntas, ser feliz con poco y querer esa felicidad para otros… Es increíble cómo Dios va por delante y abre caminos en proyectos y cosas que nos gustaría hacer; al poner la voluntad, Él se encarga de tocar los corazones deseosos de ayudar y trabajar por el Reino.

Si soñar es bonito, más bonito aún es compartir un sueño: si la hermana llega un día con una idea explosiva, se la escucha y luego el Espíritu se encargará de ponerla en marcha o no; si es así, seremos todas las que la apoyemos. Esto es un rasgo de la fraternidad que me encanta: estamos a las duras y a las maduras, en el dolor y en las alegrías porque juntas el sufrimiento es más llevadero pero el gozo se multiplica.

Jamás imaginé hacer tantas cosas en un mismo escenario, ningún día se parece a otro porque con Dios cada día es nuevo. Para mí, la fraternidad es como vivir en una caja de sorpresas: todos los días se aprende algo nuevo de las hermanas y todos los días se te ofrece la oportunidad de dar algo nuevo de ti.