Paz y Bien

No sé a vosotros; pero a mí la obediencia es algo que siempre me ha causado cierta confusión, desde pequeña he escuchado cosas como: “la obediencia alegra a Dios más que todas las cosas”, “el que obedece nunca se equivoca”, “si no obedeces, ¿cómo sabes que haces la voluntad de Dios?” y estos razonamientos llevados al extremo pueden hacer vivir la fe con rigidez y temor, si no tienes una experiencia profunda del amor de Dios. Obedecer es bueno, pero ¿de qué manera? ¿No se han hecho barbaridades a lo largo de la historia en nombre de la obediencia?, veía que a mucha gente le sucede, que obedece porque cree que “debe” hacerlo, no se dan tiempo para discernir, para hablarlo con Dios, para orarlo. Se da una obediencia ciega que tristemente desemboca en una relación con Dios mal entendida y vivida con resignación. Cuando las cosas no funcionan echan la culpa a otros de su propio estado y la propia vocación, se vuelve una carga insoportable.

Yo pensaba en estas cosas, leí en el catecismo, busqué palabras de los papas; seguía teniendo una inquietud por entenderlo mejor y entonces sin quererlo me topé con Santa Clara, ¡una Santa que lo tenía claro! Es lo que yo necesitaba saber, cuáles son los límites en la obediencia.

Clara entiende la obediencia como una relación de confianza, como la que tenía Jesucristo en su Padre, lo que le confiere una gran libertad para actuar. También entendía la obediencia como la forma más perfecta de pobreza, de desprendimiento libre y responsable de uno mismo, como Jesucristo hizo toda su vida. Pero también, es una mujer que se aventura hacia lo que cree necesario, que no se deja convencer por los prejuicios de su tiempo, donde la mujer estaba relegada al plano del hogar. Lo sorprendente es que Clara, tuviese tan claro cuál era su papel en el mundo y sus posibilidades, ya no sólo como mujer sino como hija de Dios.

Lo que he aprendido de Clara es que lo importante no es estar o no de acuerdo con algo, hacerlo con agrado o con desagrado, sino que lo que hay que buscar es la rectitud de corazón. Clara no se escondió y vivió a escondidas lo que ella creía que era lo que debía vivir, sino que no se conformó y aunque le llevó toda su vida, obtener la aprobación de su regla, supo esperar, insistir, acoger muchas cosas que a lo mejor no le gustaban. Supo ver que la voluntad de Dios sobre uno mismo es a veces la respuesta libre que uno quiere dar ante lo que Dios le propone, porque ese es el amor que Dios nos da, el que deja que le elijamos libremente. Por eso no podemos esperar que nuestros actos estén ya prefijados, que otros nos digan siempre lo que debemos hacer para no equivocarnos. Clara entendió esa relación de amor, y no quiso guardar su talento bajo tierra, sino que quiso sacarle el máximo partido, porque no puede hacer otra cosa que agradecer este regalo y cuidarlo. Sobre todo, no hay que perder de vista lo fundamental, el amor y donde hay amor no hay temor.