Lo sabemos, sabemos que hay un lío en cuanto a nuestra identidad, por eso lo queremos aclarar. Unos nos llaman Hermanas clarisas, otros las Verónicas, otros hermanitas de los pobres, otras monjas clarisas del monasterio santa Verónica, otros reverendas religiosas de clausura. La gran pregunta es ¿quiénes sois? Pues bien, somos Hermanas Pobres, así a secas, de vida contemplativa, y vivimos en el convento Sta. Verónica. Punto. No hay más.

Quisiera contarte toda la historia de Clara de Asís, presentarte su carácter, su firmeza, su delicadeza, sus luchas en el seguimiento de Cristo y su convencimiento en la elección de un nombre que le daba una identidad propia, a ella y sus hermanas. Ese nombre ignorado después de su muerte, y sin embargo tan querido por ella y por nosotras,  pero claro, en tan pocas líneas no es fácil. Voy hacerlo lo mejor que pueda, pero aunque sea un poco largo, ten paciencia.

Es cierto, que según el derecho canónico todas las mujeres consagradas formando una comunidad dentro de una clausura son monjas y de allí que viven en un monasterio. Se entiende que el derecho va a lo general y engloba a todas en el mismo lote. Sin embargo, lo siento mucho pero la vida de Clara no se puede asociar a la vida monacal de ninguna manera. ¿Por qué? Porque cuando pudo elegirla, la rechazó. ¿Qué más necesitamos para entender que nuestra forma de vida no es monacal?

Vamos a remontar muy brevemente al origen: S. Francisco. En el siglo XII nace en Asís, Juan Bernardone, llamado luego Francisco. Si si, Francisco se llamaba Juan. Doce años después nace Clara Favarone de Offreduccio de Bernardino. Sí sí, mujer de categoría. Después de una serie de acontecimientos que ocurren en la vida de Francisco, el Señor se encuentra con él y empieza su conversión: renuncia a todos sus bienes, a la herencia paterna, (pero ¡ojo!, de manera radical: se queda con una túnica y quizás un bolsito) y comienza a restaurar algunas iglesitas entre las cuales está la de S. Damián, donde pocos años después vivirán Clara y sus hermanas.

Mientras, Clara oye hablar de Francisco y aunque algunos lo negarán, seguramente Francisco, también de ella, porque ayudaba mucho a los pobres. El caso es que Clara quiere dejarlo todo como Francisco y vivir con y como los hermanos. Una noche, domingo de Ramos, se escapa de su casa, la reciben los hermanos, la consagran al Señor y la acogen en su fraternidad. Ella se siente parte de esta primera fraternidad. Pero claro, como es mujer no se puede quedar a vivir con ellos, y menos en esta época. Así que Francisco la lleva a un monasterio de benedictinas que había en el monte, lejos de la ciudad. Pero a ella no le convence el estilo de vida monástico: vida en clausura, con sus grandes tierras cultivadas. No no, ella no quiere terreno, solo una casita para vivir con lo necesario. Tampoco quiere asumir esa jerarquización en la comunidad, cuya superiora es la priora o la  abadesa. No quiere títulos, quiere una fraternidad de hermanas que dialoguen y se obedezcan mutuamente, por amor, las unas a las otras. Tampoco quiere estar lejos de la ciudad, ni huir del mundo sino estar cerca para poder estar disponible, al servicio de la gente que lo necesita.

Y así fue, se instaló en S. Damián a las puertas de Asís, y al igual que le pasó a Francisco, empezaron a llegar las primeras hermanas. Vivían juntas sin propiedades, dependiendo de la ciudad. San Damián era una fraternidad abierta: acudían enfermos, personas en crisis, preocupadas, con necesidades materiales…y las hermanas los atendían. Pero como en esa época, las mujeres vivían en clausura en sus propias casas, no estaba bien visto dejar a las mujeres sin esa «protección». Además se multiplicaban los conventos de hermanas, y la curia se vio un poco desbordada, así que fue introduciendo la clausura poco a poco, hasta que 10 años después de la muerte de Clara. ¡Atent@! 10 años después de su muerte, el Papa reunió a todas las mujeres consagradas y las “encerró” en unos monasterios más acomodado y “burgués”, con un estilo de vida monacal, bajo el mismo nombre para todas: el de las Clarisas, derivado del nombre de Clara, porque Clara ya era santa y formar parte de una Orden que hiciese referencia a ella, pues qué quieres que te diga, era una pasada.

Por tanto, no somos monjas, sino hermanas que forman una fraternidad. Según el diccionario de la vida consagrada, la palabra “monja” viene del griego “monachos”. “Monos” significa “uno, único, solo” y “achos” significa “dolor, tristeza”. Con la palabra “monachos” se designa a los cristianos que vivían en soledad y profesaban una vida “triste” y penitente, aislada del mundo por amor a Cristo. Como ves, esa definición no se identifica con la vida de Clara. No quería aislamiento, ni dentro de la comunidad, ni fuera, con el mundo. Somos hermanas, somos familia y el mundo es también nuestro hogar. A su vez, si no somos monjas, tampoco vivimos en un monasterio sino en un convento. Lo de pobres, ya lo explicamos en otro artículo. El nombre de Verónica, es porque la persona que contribuyó económicamente en la fundación del convento en el s. XVI quiso que se pusiera ese titular.

Por último, la clausura: si a Clara se la impusieron o la asumió ella por propia voluntad, es todavía una cuestión por resolver. Sin embargo, la clausura es un medio que nos ayuda a vivir nuestra vida contemplativa. Ya explicaremos mejor lo que es la vida contemplativa, ya te digo de antemano que no se trata de levantar los ojos al cielo, torcer un poquito la cabeza y meditar sobre Dios. No, es otra cosa. Pero tampoco podemos decir que somos de clausura porque la clausura ni lo es todo, ni define lo que somos. Es un medio pero no nuestra forma de vivir.

En resumen, somos Hermanas Pobres. Si nos llaman monjas o clarisas, no pasa nada. Es como si te llamas Juan y te llaman Antonio, es una pena, pensarás que tampoco es tan difícil retener el nombre. Pero el caso es que te siguen llamando Antonio, como nos siguen llamando monjas clarisas. Pero eso, no nos quita nada, tú sigues siendo Juan y nosotras Hermanas Pobres.