Qué disfrute escuchar a la creación, escuchar a Dios, escuchar al otro, escucharse uno mismo, pero para ello es necesario la soledad acompañada de silencio.

Escuchar el silencio para saber qué hay dentro de uno mismo, ver así qué tiene uno que decirse y hasta qué grado es capaz de soportarse.

Cuando uno se conoce, se acoge, se abraza con lo que es y lo que tiene, puede entrar y salir al encuentro del otro para hablar con palabras llenas de contenido.

Dios nos escucha sin interrupción; pronunció una palabra: Jesucristo, y con Él nos lo dijo todo, lo que ocurre es que se dirige a un mundo de sordos, rodeado de ruido, que no para de hablar y en muchas ocasiones con palabras vacías.

San francisco se retiraba largas temporadas en contacto con la naturaleza y volvía transformado.

Santa Clara se levantaba en mitad de la noche, mientras sus hermanas dormían y también quedaba transformada, y es que la soledad y el silencio son lugares privilegiados de encuentro con lo mejor de uno mismo, con los hermanos y con Dios.

Muchas veces rehuimos el silencio, pero es lugar de crecimiento y de vida, nos hace más humanos, porque es ahí donde podemos escuchar el grito de la vida y nos hace tender la mano buscando al tú que es compañía y es respuesta.

No es fácil despojarse de los ruidos y quedarse con lo esencial haciendo espacio al silencio que es elocuente.

Pienso que hoy más que nunca necesitamos del silencio ya que vivimos inmersos en un mundo donde sobreabundan las comunicaciones, pero quizá nos falta la comunicación verdadera.

El silencio es lenguaje de amor y cuando nos falta el amor, nos falta vida.

“El amor no comienza con la palabra, comienza con nuestros pensamientos y sentimientos”.  (W Jäger)