Hace unos años, salió en la tele un reality: Quiero ser monja. A parte de que nos pareció ridículo y triste hacer una cosa semejante, el título demuestra a la perfección lo que se buscaba detrás de eso: a uno mismo. En cambio, la llamada de Dios no es que tú quieras o no quieras, es mucho más grande que nuestras simples ganas o deseos (que también son importantes y las toma en cuenta). Pero es Dios quien llama, es Dios quien tiene la iniciativa. Y normalmente, nadie quiere ser llamada a la vida religiosa. Y cuando digo nadie es nadie. Ninguna aquí en casa, en el convento quiso que Dios la llamara a la vida consagrada. ¿Quiere esto decir que estamos amargadas porque vamos en contra de nuestra voluntad para hacer lo que Dios quiere? No.

Aquí viene lo sorprendente y maravilloso y es que Dios nos va atrayendo poco a poco hacia Él, nos va seduciendo y hace coincidir nuestra voluntad con la suya. Para unos es rápido, otros pasamos por unas luchas internas en las que nos enfrentamos a Dios para decirle que se ha pasado, que no queríamos que entrara tanto en nuestra vida, que no hace falta tanto para ser cristiano. Pero al fin y al cabo, ¿cómo decirle que no a Dios?…Es entonces cuando uno se rinde, la propia voluntad coincide con la de Dios y terminas diciendo: ¿qué quieres Señor?  Libremente nos sometemos a Él, libremente le entregamos nuestra libertad. Pero ojo, eso lo podemos hacer porque al llamarnos nos capacita, nos da la capacidad para responder a la llamada que nos ha hecho. Por tanto, veis que méritos, no tenemos ninguno.

Ahora, hablemos de la llamada en concreto. ¿Cómo ocurre? Muchos creen (yo también lo creía) que cuando Dios te llama ves una luz, oyes una voz, sientes un escalofrío, o alguna sensación fuerte y espectacular a la que no te puedes resistir y entras en éxtasis, o quizás levitas etc.. Pues ya te digo que no es nada de eso, ni voz, ni luz, ni viento. ¡Qué bajón! Me vas a decir (y con razón) que hasta ahora la llamada es todo menos atractiva. Pero es que la llamada de Dios es mucho más sencilla, mucho más normal, mucho más humana, como es Dios. Y si la buscas con la ayuda de otros, la descubrirás.

Me acuerdo que cuando hice mi experiencia con las hermanas para discernir si era mi vocación, estaba viendo que era posible que Dios me estuviese llamando pero necesitaba ver un poco más claro. Y le pregunté a una hermana cómo podía saber si Dios me llamaba o no. Y ella me contestó: “tú lo sabes, en el fondo lo sabes.” Y así es, lo supe. Cuando te encuentras en tu sitio, cuando eres profundamente feliz (fuera de si tienes un buen día o no) y no te hace falta nada más, entiendes que ésta es tu vocación.

Y esta vocación no termina, la llamada de Dios es para toda la vida aunque no toda la vida estés sintiendo la llamada. Lo sé, asusta un poco pero esto se llama vivir de fe. Lo importante es permanecer y tratar de mantener viva la llamada con la misma ilusión que el primer día.  Esto es posible porque es Dios quien hace Alianza con nosotras, no nosotras con Él. Por tanto, veis que méritos, no tenemos ninguno.