¡No es bueno que el hombre esté solo!, y es que hemos sido creados por la Trinidad, que es relación, y hemos nacido para la relación, por amor y para amar. A lo largo de la vida vamos descubriendo que no estamos solos, se cumple esta promesa: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

Hace pocos años palpé realmente esto, que no camino sola pues me crucé con una ayuda que cambió mi vida de la noche a la mañana y gracias a ella sigo creciendo y madurando como persona, esta es “el acompañamiento”. El acompañamiento es un espacio que se concede únicamente al que es acompañado (es un tú a tú), donde de manera libre compartes con tu acompañante las sombras y las luces de tu vida con el fin de ver con más claridad. Es un paseo inolvidable, una experiencia de amor, pues contemplar el paso del Señor por la vida es disfrutar de las maravillas que solo Él puede realizar. Si te dejas modelar, si abres las puertas de par en par a los cambios que suponen dejarse tocar por Dios, es imposible que nada cambie. En esta búsqueda acompañada se redirigen los pasos, se aseguran los ya dados o se parte de cero cuando sea necesario; no existe el pararse, siempre se está a tiempo de mejorar y de resarcir los errores, se está a tiempo de ser uno mismo en la vida y ser muy feliz.

Una de las cosas que más me llama la atención de ser acompañada es sentirme profundamente amada, saber que soy escuchada, que mi vida importa y mucho; que la persona que me acompaña se siente instrumento y caminamos una al lado de la otra; no hay recetas ni directrices, el acompañante disfruta del acompañamiento igual que el acompañado, pues ninguno se cree merecedor de este regalo: el que acompaña se regala así mismo prestando su tiempo y su escucha, sin embargo sabe que el protagonista es Otro; y el acompañado presta su voluntad para acoger la de Dios, este ve al acompañante como su respaldo, sabe que detrás no hay un interés personal y que sus palabras no coaccionan. Así que, solo cuando eres dócil y buscas a Dios con sencillez, transparencia y rectitud de corazón, todo se te da por añadidura; las luces empiezan a iluminar todos los rincones de tu vida, las heridas afloran para ser curadas, hasta que un día te das cuenta de que aun sangrando ya no duelen, porque las conoces y sabes su nombre. Comienzas a conocerte de una forma distinta, te ves con la mirada de Él: una mirada limpia, que te escruta y que también te corrige, pero que ante todo te ama porque eres su hij@.

El acompañamiento no es un atajo a tus problemas, sino una ayuda que la Iglesia nos da para decirnos: “No estás sol@”, “estás hecho para ser libre y volar alto”. Porque solo el que se siente necesitado puede ser ayudado, y solo así empiezan a crecer alas. Ser acompañado es ser como el ciego que comienza a ver, como el mudo al que se le suelta la lengua y consigue dar nombre a las cosas. Ser acompañado para descubrir el auténtico sentido de la vida y cada vez querer más y más, porque Dios nunca es bastante. El acompañamiento es bailarle a la vida como una peonza donde tu punto de apoyo es Dios pero la cuerda que te lanza y te da ese chute para ponerte en marcha, es este espacio de tres en el que están: el acompañado, el acompañante y Jesucristo. Donde el corazón del acompañado desprende gratitud a Dios por los pedacicos de cielo que le brinda a través de la persona que le acompaña, y al acompañante le brota agradecimiento por los cachitos de gloria que le permite contemplar a través de la persona que acompaña.

Es tanta la ayuda del acompañamiento, que ojalá que no perdamos esta oportunidad mientras vamos de camino hacia la eternidad porque el cielo empieza aquí.