Una de las cosas que me llamó la atención al inicio de mi andadura por esta forma de vida era la organización de la jornada que desembocaba claro está en la organización de todo un año. Si, no es nada del otro mundo, pues ya de bebés se nos enseña, marcando unos ritmos y rutinas, a vivir con un cierto orden y disciplina. Pero resulta que esconde mucha sabiduría. El orden en y para nuestra forma de vida contemplativa es elemental y hasta esencial. Ayuda a nuestro encuentro con Dios, a crear hábitos y actitudes saludables para nuestro espíritu, cuerpo y alma.

Ciertamente toda estructura o institución humana se configura mediante alguna forma de organización: colegios, empresas, hospitales… disponen de un plan que les ayuda a establecer sus objetivos en el tiempo y a cumplir metas.

Nuestro día a día comunitario y personal se sirve de un sencillo horario que marca el ritmo del día, de la semana y finalmente de todo el año con el que se pretende llegar a cumplir unos objetivos. Lo elaboramos en función de nuestras prioridades que como es de imaginar tienen mucho que ver con Dios. Así en una visión de conjunto del mismo podemos comprobar que está centrado en Dios, porque es lo que se persigue: que todo lo que hagamos sea para llenarnos de Dios, llevarnos a Él, para alabarlo y darle el lugar que sólo a él le pertenece, ponerlo en el centro de nuestra jornada para santificar el día.

Esconde mucha sabiduría y produce buenos resultados pues ayuda a tener tiempo para hacer y disfrutar de todo a lo largo del año: oración, estudio, trabajo, ejercicio, juegos, lectura, descanso … se trata eso si, de un horario flexible en tanto en cuanto que está en función nuestra y no al revés.
Es una pequeña disciplina que sin darnos cuenta y con poquísimo trabajo va formando nuestro interior y nos enseña a ser responsables con nuestras tareas y con el tiempo, el tiempo de Dios. Recibes la satisfacción de haber trabajado para el Reino y si has sabido ser fiel en estas cosas pequeñas luego lo podrás ser en responsabilidades mayores.