Hace unos días una hermana decía: ¡Esta pascua ha venido pisando fuerte! ¡Tenemos la enfermería a tope! Es cierto que no siempre es todo fácil ni agradable… y os podréis preguntar cómo se vive la dificultad en una casa de Hermanas Pobres. La respuesta es sencilla y encierra mucho más que lo que las palabras puedan expresar.

¿Sabéis? Se nos ha hecho un regalo y éste es la fraternidad. Sí, así es como vivimos cada acontecimiento: en fraternidad.

Muchas veces nos creemos merecedores de todo, de amor, comprensión, atención… pero pocas veces caemos en la cuenta que tener al lado alguien, compartir la vida con otros, es mucho más que lo que recibimos de ellos. Eso no es fraternidad.

Precisamente hay momentos en los que aparece la enfermedad cuando aún tienes mucho que dar; o en otros, donde los años comienzan a hacer de las suyas y se van perdiendo las fuerzas. Es entonces, cuando te das cuenta que el amor va más allá de las compensaciones, del dar y recibir, de que te agradezcan o de que te presten atención…

Cuenta una leyenda de los hermanos de Francisco de Asís que iban dos caminando y un vecino comenzó a tirarles piedras y a insultarlos, el hermano que se encontraba en el lado opuesto, al ver que su compañero recibía los golpes, no dudó en colocarse en su lugar para que éste no recibiera las pedradas y así protegerlo e incluso dar la vida por él. A esto se parece un poco más la fraternidad.

Cuando ves a un hermano débil, necesitado y que aparentemente no tiene mucho ofrecerte, es cuando puedes vivir realmente el misterio del amor más sincero, de la fraternidad, de la entrega sin condiciones, y te preguntarás ¿cómo? sencillamente caminando a su lado, ni delante ni detrás; no eres ni su salvador, ni su sirviente, sino su hermano y por eso vas a su lado, dejas de ser tú el importante y sólo te preocupa aliviar su necesidad, no te importa tu cansancio, o todo lo que tengas que hacer, si es agradable o desagradable lo que necesita de ti… ahora, el importante es él.

Pero también es importante la otra perspectiva, la del hermano que está necesitado y débil. Todos sabemos que no es fácil dejarse amar, preferimos llevar las riendas y las botas puestas, creemos que seremos más amados cuanto más aportemos, corremos el riesgo de quedar centrados en nosotros mismos e incluso de volvernos exigentes, de darnos demasiada importancia y perder la oportunidad de conocer la gratuidad del amor de Dios a través de los cuidados del hermano.

A veces un simple gesto, un pequeño detalle, puede hacer que todo un día sea diferente; aquí en casa, si una está enferma o necesitada se mueve cielo y tierra para que esa hermana vea el amor de Dios, no importan los horarios, si hay que desmontar la casa, si hay que hacer de una habitación una capilla; incluso, puede ser que hasta más de una pierda el sueño intentando buscar lo mejor para esa hermana…etc. Sí es cierto, juntas no es más fácil, pero desde luego, que es lo mejor. Las dificultades siguen siendo las mismas, pero no vamos solas, caminamos juntas con la mirada puesta en una misma meta: conocer y vivir del amor de Dios, el que conoceremos en fraternidad ya que es el hogar y la escuela donde habita y se aprende a amar y a ser amado.