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Crecer jugando

Crecer jugando

Una de las cosas que me tienen enganchada a esta forma de vida es la sabiduría que derrocha por todas partes y si sabes aprovecharte de todo lo que vives, de todo puedes sacar partido para tu crecimiento tanto a nivel personal como comunitario y espiritual.

Nuestro horario comunitario es un gran aliado para ello. De él me voy a centrar en el tiempo que le dedicamos a la recreación y en nuestro proyecto de vida con los días de la fraternidad. Este tiempo es muy importante pues aunque puede sonar raro, es una prolongación de nuestra oración y una buena ocasión para expresarla.

Este tiempo que dedicamos todos los días durante las comidas y después de cenar es un buen caldo de cultivo para crear lazos cada vez más fuertes y sólidos que unan a la fraternidad.

La recreación durante la comida y la cena es algo tan sencillo como escucharnos unas a otras aquello que queremos compartir, ya sean experiencias de fe, cosas que hayamos aprendido, informar sobre acontecimientos, documentos, noticias que nos afectan o debemos conocer, expresar nuestra opinión, contar anécdotas, chistes, recordar nuestro pasado …. A simple vista no tiene nada de particular pues seguro que cuando os reunís entorno a la mesa con vuestros seres queridos también compartís vuestras vidas. Pero si miramos más allá, hacer esto día a día a nosotras nos ayuda a fortalecer nuestros lazos fraternos y a crear actitudes de acogida y escucha hacia la hermana.

Luego está la recreación después de cenar. Siempre que podemos echamos mano del juego. Si, lo he escrito bien. Nos encanta jugar y dado los beneficios que nos aporta vimos la posibilidad de dedicar parte de nuestras vacaciones a divertirnos jugando.

De estos ratos que dedicamos a jugar sacamos mucho provecho ya que nos ayuda a desconectar de las exigencias y responsabilidades que tenemos, creamos entre nosotras lazos más estrechos y disfrutamos de estar juntas. Se dispara la imaginación y con ello la creatividad, nos sentimos más felices, nos hace felices. Cuando hacemos algo que nos gusta por el simple hecho de disfrutar, nuestra forma de ver la vida va cambiando y se va adquiriendo un cierto equilibrio entre nuestras obligaciones y el saber disfrutar. Nos ayuda a gestionar nuestras emociones, saca lo mejor de nosotras y jugando nos mostramos tal como somos, nos va despojando del miedo al ridículo y nos ayuda a expresarnos, aprendemos a resolver conflictos, a salir de nosotras mismas, a trabajar en grupo, a ser competitivas, a no ser conformistas, a ir a por todas, a respetar, a saber estar, a perseverar, a gestionar la derrota, a saber que tenemos derecho a equivocarnos…. Y así un sinfín de cosas que nos empujan a formarnos como personas integras y alegres.

Es cuestión de llamada

Es cuestión de llamada

Hace unos años, salió en la tele un reality: Quiero ser monja. A parte de que nos pareció ridículo y triste hacer una cosa semejante, el título demuestra a la perfección lo que se buscaba detrás de eso: a uno mismo. En cambio, la llamada de Dios no es que tú quieras o no quieras, es mucho más grande que nuestras simples ganas o deseos (que también son importantes y las toma en cuenta). Pero es Dios quien llama, es Dios quien tiene la iniciativa. Y normalmente, nadie quiere ser llamada a la vida religiosa. Y cuando digo nadie es nadie. Ninguna aquí en casa, en el convento quiso que Dios la llamara a la vida consagrada. ¿Quiere esto decir que estamos amargadas porque vamos en contra de nuestra voluntad para hacer lo que Dios quiere? No.

Aquí viene lo sorprendente y maravilloso y es que Dios nos va atrayendo poco a poco hacia Él, nos va seduciendo y hace coincidir nuestra voluntad con la suya. Para unos es rápido, otros pasamos por unas luchas internas en las que nos enfrentamos a Dios para decirle que se ha pasado, que no queríamos que entrara tanto en nuestra vida, que no hace falta tanto para ser cristiano. Pero al fin y al cabo, ¿cómo decirle que no a Dios?…Es entonces cuando uno se rinde, la propia voluntad coincide con la de Dios y terminas diciendo: ¿qué quieres Señor?  Libremente nos sometemos a Él, libremente le entregamos nuestra libertad. Pero ojo, eso lo podemos hacer porque al llamarnos nos capacita, nos da la capacidad para responder a la llamada que nos ha hecho. Por tanto, veis que méritos, no tenemos ninguno.

Ahora, hablemos de la llamada en concreto. ¿Cómo ocurre? Muchos creen (yo también lo creía) que cuando Dios te llama ves una luz, oyes una voz, sientes un escalofrío, o alguna sensación fuerte y espectacular a la que no te puedes resistir y entras en éxtasis, o quizás levitas etc.. Pues ya te digo que no es nada de eso, ni voz, ni luz, ni viento. ¡Qué bajón! Me vas a decir (y con razón) que hasta ahora la llamada es todo menos atractiva. Pero es que la llamada de Dios es mucho más sencilla, mucho más normal, mucho más humana, como es Dios. Y si la buscas con la ayuda de otros, la descubrirás.

Me acuerdo que cuando hice mi experiencia con las hermanas para discernir si era mi vocación, estaba viendo que era posible que Dios me estuviese llamando pero necesitaba ver un poco más claro. Y le pregunté a una hermana cómo podía saber si Dios me llamaba o no. Y ella me contestó: “tú lo sabes, en el fondo lo sabes.” Y así es, lo supe. Cuando te encuentras en tu sitio, cuando eres profundamente feliz (fuera de si tienes un buen día o no) y no te hace falta nada más, entiendes que ésta es tu vocación.

Y esta vocación no termina, la llamada de Dios es para toda la vida aunque no toda la vida estés sintiendo la llamada. Lo sé, asusta un poco pero esto se llama vivir de fe. Lo importante es permanecer y tratar de mantener viva la llamada con la misma ilusión que el primer día.  Esto es posible porque es Dios quien hace Alianza con nosotras, no nosotras con Él. Por tanto, veis que méritos, no tenemos ninguno.  

El hogar y la Escuela del Amor

El hogar y la Escuela del Amor

Hace unos días una hermana decía: ¡Esta pascua ha venido pisando fuerte! ¡Tenemos la enfermería a tope! Es cierto que no siempre es todo fácil ni agradable… y os podréis preguntar cómo se vive la dificultad en una casa de Hermanas Pobres. La respuesta es sencilla y encierra mucho más que lo que las palabras puedan expresar.

¿Sabéis? Se nos ha hecho un regalo y éste es la fraternidad. Sí, así es como vivimos cada acontecimiento: en fraternidad.

Muchas veces nos creemos merecedores de todo, de amor, comprensión, atención… pero pocas veces caemos en la cuenta que tener al lado alguien, compartir la vida con otros, es mucho más que lo que recibimos de ellos. Eso no es fraternidad.

Precisamente hay momentos en los que aparece la enfermedad cuando aún tienes mucho que dar; o en otros, donde los años comienzan a hacer de las suyas y se van perdiendo las fuerzas. Es entonces, cuando te das cuenta que el amor va más allá de las compensaciones, del dar y recibir, de que te agradezcan o de que te presten atención…

Cuenta una leyenda de los hermanos de Francisco de Asís que iban dos caminando y un vecino comenzó a tirarles piedras y a insultarlos, el hermano que se encontraba en el lado opuesto, al ver que su compañero recibía los golpes, no dudó en colocarse en su lugar para que éste no recibiera las pedradas y así protegerlo e incluso dar la vida por él. A esto se parece un poco más la fraternidad.

Cuando ves a un hermano débil, necesitado y que aparentemente no tiene mucho ofrecerte, es cuando puedes vivir realmente el misterio del amor más sincero, de la fraternidad, de la entrega sin condiciones, y te preguntarás ¿cómo? sencillamente caminando a su lado, ni delante ni detrás; no eres ni su salvador, ni su sirviente, sino su hermano y por eso vas a su lado, dejas de ser tú el importante y sólo te preocupa aliviar su necesidad, no te importa tu cansancio, o todo lo que tengas que hacer, si es agradable o desagradable lo que necesita de ti… ahora, el importante es él.

Pero también es importante la otra perspectiva, la del hermano que está necesitado y débil. Todos sabemos que no es fácil dejarse amar, preferimos llevar las riendas y las botas puestas, creemos que seremos más amados cuanto más aportemos, corremos el riesgo de quedar centrados en nosotros mismos e incluso de volvernos exigentes, de darnos demasiada importancia y perder la oportunidad de conocer la gratuidad del amor de Dios a través de los cuidados del hermano.

A veces un simple gesto, un pequeño detalle, puede hacer que todo un día sea diferente; aquí en casa, si una está enferma o necesitada se mueve cielo y tierra para que esa hermana vea el amor de Dios, no importan los horarios, si hay que desmontar la casa, si hay que hacer de una habitación una capilla; incluso, puede ser que hasta más de una pierda el sueño intentando buscar lo mejor para esa hermana…etc. Sí es cierto, juntas no es más fácil, pero desde luego, que es lo mejor. Las dificultades siguen siendo las mismas, pero no vamos solas, caminamos juntas con la mirada puesta en una misma meta: conocer y vivir del amor de Dios, el que conoceremos en fraternidad ya que es el hogar y la escuela donde habita y se aprende a amar y a ser amado.

La pastoral del párpado

La pastoral del párpado

No sé si sabes o deduces por el nombre lo que es “la pastoral del párpado”, pero te adelanto que aunque no lo sepas, seguro que tú también la pones en práctica.

Aquí utilizamos mucho esta palabra para referirnos al aprendizaje que trae en sí la vida porque aunque esta es gratis, tienes que estar avispao si quieres aprender de ella, porque sacar provecho de las circunstancias y crecer como persona no viene en ningún manual. Y sí, es cierto, los estudios forman pero la vida es una señora maestra.

La pastoral del párpado es precisamente eso: tener los cinco sentidos bien atentos para coger lo provechoso y útil, y descartar lo que estorba. En un sentido cristiano sería: apreciar las cualidades, dones de cada persona e imitar siempre lo bueno. Ver cómo o de qué manera puedes contribuir en algo; ayudar; mejorar las relaciones, y todo eso sin perder de vista la meta que es Cristo. Todos los días te dan lecciones magistrales, lecciones que llevan consigo sorpresas e imprevistos a los que hay que hacer frente pero solo si los miramos más allá de la superficie veremos que todo es para bien y todo viene en nuestra ayuda.

Nosotras tenemos el ejemplo de nuestra hermana Clara de Asís, ella animaba a sus hermanas a ser espejos de Cristo, a ser ejemplos unas de las otras, pues ciertamente y el ejemplo más que la palabra, arrastra. Y es esto precisamente lo que a mí me empuja a caminar: tener hermanas que me recuerdan cada día que lo que importa por encima de todo es amar, que las diferencias son evidentes pero gracias a ellas se da la complementariedad. Esta es la pastoral de las hermanas pobres, como ves es muy sencillica; no se necesita tomar apuntes porque no hay pautas de nada, tan solo hay que entrenar los sentidos para ver realmente qué te está pidiendo la vida en cada momento y qué puedes tú ofrecerle.

Pues eso, que como solemos decir: “solo es cuestión de mirada”, ya sabes…

Testimonio de una Resurrección

Testimonio de una Resurrección

Paz y Bien

¡Cristo ha resucitado! En estos días los evangelios son distintos con respecto a los acontecimientos que acompañaron la resurrección del Señor; pero algo tienen en común, un mensaje y una misión: ¿por qué lloráis? ¡alegraos! Id y anunciad a mis hermanos…lo que habéis visto y oído. Con su muerte y resurrección, Jesús ha dado nombre y apellido a la Esperanza en Dios. Esta palabra “Esperanza” me ha resonado mucho esta cuaresma. Un día escuché: “la esperanza es el don que crece a la sombra de la cruz” y pensé “sí que es verdad”. Porque aunque la vida está llena de oportunidades para ser feliz y disfrutar, cuando la cruz pesa, parece que lo ocupa todo, no puedes pensar en otra cosa y aparece la desesperanza. Como Jesús andamos torpes, nos caemos y si por nosotros fuera, nos quedaríamos en el suelo esperando a que alguien nos levantase. Veía a Jesús cayéndose y levantándose y pensaba, si yo fuera Él sabiendo que iba a morir, no me movía del suelo. Pero Jesús siguió dócilmente hasta el final, y pensaba ¿por qué?. Creo que Jesús nos estaba enseñando el camino de la Esperanza, esperanza que no quedó defraudada, ya que resucitó. Si atendemos al significado de la palabra Esperanza en el diccionario dice: “Confianza que tiene una persona de que se cumplan sus deseos, lo que le han prometido”. Pero sus deseos van más allá de ganarnos la vida eterna, Dios nos enseña a tener esperanza en nosotros, por ello no sólo nos ha salvado sino que como decía al principio nos ha dejado un encargo una misión, confía en nosotros para anunciar su palabra, para amarnos unos a otros, aunque lo hagamos de manera torpe, en mayor o menor medida según sabemos o queremos cada uno. Dios espera en nosotros y esto me ha hecho caer en la cuenta, de que yo también debo tener esperanza en mí, esperar que Dios puede sacar bien incluso de lo malo y no esperar de mí nada, porque Dios sabe con lo que cuenta. Creo que tendemos a confundir “Esperanza” con “Expectativa”, el significado de “expectativa” curiosamente es: “posibilidad de lograr algo”. Mientras que la Esperanza no depende de mí, sino de otro en quien confío; la Expectativa me implica y me pone en el centro. Podemos decidir cómo vivir: confiando en alguien que me ama y va por delante de mí o intentando conseguir logros que nadie me pide, pero que yo me empeño en conseguir. Por eso nos conviene escuchar el saludo de la resurrección: “La paz esté con vosotros” porque Dios no da la posibilidad de vivir en el descanso y estar tranquilos. ¡Que tengáis un buen día!

La mejor palabra jamás pronunciada

La mejor palabra jamás pronunciada

Qué disfrute escuchar a la creación, escuchar a Dios, escuchar al otro, escucharse uno mismo, pero para ello es necesario la soledad acompañada de silencio.

Escuchar el silencio para saber qué hay dentro de uno mismo, ver así qué tiene uno que decirse y hasta qué grado es capaz de soportarse.

Cuando uno se conoce, se acoge, se abraza con lo que es y lo que tiene, puede entrar y salir al encuentro del otro para hablar con palabras llenas de contenido.

Dios nos escucha sin interrupción; pronunció una palabra: Jesucristo, y con Él nos lo dijo todo, lo que ocurre es que se dirige a un mundo de sordos, rodeado de ruido, que no para de hablar y en muchas ocasiones con palabras vacías.

San francisco se retiraba largas temporadas en contacto con la naturaleza y volvía transformado.

Santa Clara se levantaba en mitad de la noche, mientras sus hermanas dormían y también quedaba transformada, y es que la soledad y el silencio son lugares privilegiados de encuentro con lo mejor de uno mismo, con los hermanos y con Dios.

Muchas veces rehuimos el silencio, pero es lugar de crecimiento y de vida, nos hace más humanos, porque es ahí donde podemos escuchar el grito de la vida y nos hace tender la mano buscando al tú que es compañía y es respuesta.

No es fácil despojarse de los ruidos y quedarse con lo esencial haciendo espacio al silencio que es elocuente.

Pienso que hoy más que nunca necesitamos del silencio ya que vivimos inmersos en un mundo donde sobreabundan las comunicaciones, pero quizá nos falta la comunicación verdadera.

El silencio es lenguaje de amor y cuando nos falta el amor, nos falta vida.

“El amor no comienza con la palabra, comienza con nuestros pensamientos y sentimientos”.  (W Jäger)