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La pastoral del párpado

La pastoral del párpado

No sé si sabes o deduces por el nombre lo que es “la pastoral del párpado”, pero te adelanto que aunque no lo sepas, seguro que tú también la pones en práctica.

Aquí utilizamos mucho esta palabra para referirnos al aprendizaje que trae en sí la vida porque aunque esta es gratis, tienes que estar avispao si quieres aprender de ella, porque sacar provecho de las circunstancias y crecer como persona no viene en ningún manual. Y sí, es cierto, los estudios forman pero la vida es una señora maestra.

La pastoral del párpado es precisamente eso: tener los cinco sentidos bien atentos para coger lo provechoso y útil, y descartar lo que estorba. En un sentido cristiano sería: apreciar las cualidades, dones de cada persona e imitar siempre lo bueno. Ver cómo o de qué manera puedes contribuir en algo; ayudar; mejorar las relaciones, y todo eso sin perder de vista la meta que es Cristo. Todos los días te dan lecciones magistrales, lecciones que llevan consigo sorpresas e imprevistos a los que hay que hacer frente pero solo si los miramos más allá de la superficie veremos que todo es para bien y todo viene en nuestra ayuda.

Nosotras tenemos el ejemplo de nuestra hermana Clara de Asís, ella animaba a sus hermanas a ser espejos de Cristo, a ser ejemplos unas de las otras, pues ciertamente y el ejemplo más que la palabra, arrastra. Y es esto precisamente lo que a mí me empuja a caminar: tener hermanas que me recuerdan cada día que lo que importa por encima de todo es amar, que las diferencias son evidentes pero gracias a ellas se da la complementariedad. Esta es la pastoral de las hermanas pobres, como ves es muy sencillica; no se necesita tomar apuntes porque no hay pautas de nada, tan solo hay que entrenar los sentidos para ver realmente qué te está pidiendo la vida en cada momento y qué puedes tú ofrecerle.

Pues eso, que como solemos decir: “solo es cuestión de mirada”, ya sabes…

Testimonio de una Resurrección

Testimonio de una Resurrección

Paz y Bien

¡Cristo ha resucitado! En estos días los evangelios son distintos con respecto a los acontecimientos que acompañaron la resurrección del Señor; pero algo tienen en común, un mensaje y una misión: ¿por qué lloráis? ¡alegraos! Id y anunciad a mis hermanos…lo que habéis visto y oído. Con su muerte y resurrección, Jesús ha dado nombre y apellido a la Esperanza en Dios. Esta palabra “Esperanza” me ha resonado mucho esta cuaresma. Un día escuché: “la esperanza es el don que crece a la sombra de la cruz” y pensé “sí que es verdad”. Porque aunque la vida está llena de oportunidades para ser feliz y disfrutar, cuando la cruz pesa, parece que lo ocupa todo, no puedes pensar en otra cosa y aparece la desesperanza. Como Jesús andamos torpes, nos caemos y si por nosotros fuera, nos quedaríamos en el suelo esperando a que alguien nos levantase. Veía a Jesús cayéndose y levantándose y pensaba, si yo fuera Él sabiendo que iba a morir, no me movía del suelo. Pero Jesús siguió dócilmente hasta el final, y pensaba ¿por qué?. Creo que Jesús nos estaba enseñando el camino de la Esperanza, esperanza que no quedó defraudada, ya que resucitó. Si atendemos al significado de la palabra Esperanza en el diccionario dice: “Confianza que tiene una persona de que se cumplan sus deseos, lo que le han prometido”. Pero sus deseos van más allá de ganarnos la vida eterna, Dios nos enseña a tener esperanza en nosotros, por ello no sólo nos ha salvado sino que como decía al principio nos ha dejado un encargo una misión, confía en nosotros para anunciar su palabra, para amarnos unos a otros, aunque lo hagamos de manera torpe, en mayor o menor medida según sabemos o queremos cada uno. Dios espera en nosotros y esto me ha hecho caer en la cuenta, de que yo también debo tener esperanza en mí, esperar que Dios puede sacar bien incluso de lo malo y no esperar de mí nada, porque Dios sabe con lo que cuenta. Creo que tendemos a confundir “Esperanza” con “Expectativa”, el significado de “expectativa” curiosamente es: “posibilidad de lograr algo”. Mientras que la Esperanza no depende de mí, sino de otro en quien confío; la Expectativa me implica y me pone en el centro. Podemos decidir cómo vivir: confiando en alguien que me ama y va por delante de mí o intentando conseguir logros que nadie me pide, pero que yo me empeño en conseguir. Por eso nos conviene escuchar el saludo de la resurrección: “La paz esté con vosotros” porque Dios no da la posibilidad de vivir en el descanso y estar tranquilos. ¡Que tengáis un buen día!

La mejor palabra jamás pronunciada

La mejor palabra jamás pronunciada

Qué disfrute escuchar a la creación, escuchar a Dios, escuchar al otro, escucharse uno mismo, pero para ello es necesario la soledad acompañada de silencio.

Escuchar el silencio para saber qué hay dentro de uno mismo, ver así qué tiene uno que decirse y hasta qué grado es capaz de soportarse.

Cuando uno se conoce, se acoge, se abraza con lo que es y lo que tiene, puede entrar y salir al encuentro del otro para hablar con palabras llenas de contenido.

Dios nos escucha sin interrupción; pronunció una palabra: Jesucristo, y con Él nos lo dijo todo, lo que ocurre es que se dirige a un mundo de sordos, rodeado de ruido, que no para de hablar y en muchas ocasiones con palabras vacías.

San francisco se retiraba largas temporadas en contacto con la naturaleza y volvía transformado.

Santa Clara se levantaba en mitad de la noche, mientras sus hermanas dormían y también quedaba transformada, y es que la soledad y el silencio son lugares privilegiados de encuentro con lo mejor de uno mismo, con los hermanos y con Dios.

Muchas veces rehuimos el silencio, pero es lugar de crecimiento y de vida, nos hace más humanos, porque es ahí donde podemos escuchar el grito de la vida y nos hace tender la mano buscando al tú que es compañía y es respuesta.

No es fácil despojarse de los ruidos y quedarse con lo esencial haciendo espacio al silencio que es elocuente.

Pienso que hoy más que nunca necesitamos del silencio ya que vivimos inmersos en un mundo donde sobreabundan las comunicaciones, pero quizá nos falta la comunicación verdadera.

El silencio es lenguaje de amor y cuando nos falta el amor, nos falta vida.

“El amor no comienza con la palabra, comienza con nuestros pensamientos y sentimientos”.  (W Jäger)

La campana

La campana

​Vamos a detenernos en un objeto que puede parecer anticuado pero que nosotras hemos querido conservar por el significado que guarda y porque se trata de una tradición que todavía nos sirve de ayuda. Me estoy refiriendo a una simple campana. Hoy aún hace su papel sobre todo en nuestra organización comunitaria pues nosotras decimos que es la voz de Dios.

Lo explico:

Como ya os dijimos tenemos un horario para organizar nuestro día a día y para poder aprovechar bien el tiempo recurrimos a una hermana que se encarga de tocar la campana según la hora establecida en el horario y así podemos pasar de una tarea a otra fácilmente. Cuando la oímos tenemos que dejar lo que llevamos entre manos hasta otro momento en que nuevamente toque hacerlo. Así por ejemplo si tenemos dedicado al trabajo hasta la una y media del mediodía, en cuanto suena la campana, siempre cinco minutos antes de la hora prevista para darnos tiempo, lo dejamos todo para irnos a rezar que es lo que está establecido. Y es tal la importancia que le hemos dado que nos gusta decir que es la voz de Dios que nos invita a seguirle haciendo lo que toca en ese momento.

La ventaja de funcionar así es que te ayuda a sacarle el máximo partido al tiempo y no desperdiciarlo y aprendes a entregarte toda entera en lo que tienes que hacer en ese tiempo bendiciendo al Señor con tu buen hacer y poniendo toda la carne en el asador como si todo dependiera de ti sabiendo que todo depende de Dios.

Todo Don

Todo Don

Esta semana vamos a dar respuesta a los que nos soléis preguntar qué nos hace permanecer en el convento, seguir adelante con nuestra vocación y siempre con la misma alegría.

Mi nombre es Consuelo Lencina Navarro y tengo 24 años. El día 6 de febrero, mi fraternidad y yo celebramos mi Profesión Temporal. Hace cuatro años y medio que inicié esta aventura y lo que puedo decir es que soy realmente feliz, sencillamente, porque soy amada por encima de lo que me podía imaginar. Siempre he deseado ser amada y lo he buscado incansablemente, he intentado sacar lo mejor de mí, entregarme… pero al fin y al cabo era amada de una manera superficial ya que no conseguía mostrarme como realmente era. Así que sólo había UNO, que podía mostrarme este amor que yo tanto anhelaba, un amor tan real y sincero.

En este tiempo he podido experimentar que en el Señor todo es regalo, todo es don. Esto ha sido posible tras ir conociéndome y viviendo en la verdad, es cierto que no es nada sencillo, pero la iniciativa siempre la ha tenido Él; de mí sólo dependía mi disponibilidad para que él actuara. Muchas veces cuando descubrimos nuestra verdad lo primero que queremos hacer es intentar ser mejores, pero eso no es lo que Dios quiere de nosotros. Si algo me ha atrapado del amor de Dios es que no me ha querido cambiar en ningún momento, me ama sin necesidad de aparentar y lo más sorprendente es que en este tiempo se ha empeñado en mostrarme por todos los medios posibles que, en mi verdad es donde comienza mi abandono a su amor, es donde comienza mi camino hacia la libertad.

Tras descubrir la fuerza de este amor, surgió en mí la necesidad de dar una nueva respuesta a su llamada, de entregarle toda mi capacidad de amar, de poseer y de decidir y así que él no fuera solamente el primero sino el Único. Con este convencimiento llegó el día en el que tras pronunciar las palabras de la profesión supe que ya no me pertenezco que vivo por Él, con Él y para Él.

La fraternidad hizo que estos días fueran realmente especiales, me hicieron patente el amor de Dios colmándome de detalles y no faltaron las risas. Desde el primer día que las conocí descubrí en ellas a mi gran familia, me sentí acogida, escuchada; con ellas he compartido todo mi proceso: mis alegrías y dificultades, he podido abrir mi corazón y ser yo misma. Cada una de ellas aporta aquello por lo que todas juntas hacemos a la perfecta hermana pobre, la unión realmente hace la fuerza.

No me cansaré de decir que merece la pena responder a Dios, apostar por seguirlo y compartir la vida con él. Estoy orgullosa de pertenecer a la familia Franciscana que vestidos de marrón y ceñidos con un cordón llevamos la alegría por bandera, porque estar en el convento no es vivir “flotando”, se pisa tierra, se vive en la verdad, pero sobre todo se puede crecer como persona y ser muy feliz. Todo esto es lo que me empuja a seguir el camino con la misma ilusión que el primer día.

¿Pero quiénes sois?

¿Pero quiénes sois?

Lo sabemos, sabemos que hay un lío en cuanto a nuestra identidad, por eso lo queremos aclarar. Unos nos llaman Hermanas clarisas, otros las Verónicas, otros hermanitas de los pobres, otras monjas clarisas del monasterio santa Verónica, otros reverendas religiosas de clausura. La gran pregunta es ¿quiénes sois? Pues bien, somos Hermanas Pobres, así a secas, de vida contemplativa, y vivimos en el convento Sta. Verónica. Punto. No hay más.

Quisiera contarte toda la historia de Clara de Asís, presentarte su carácter, su firmeza, su delicadeza, sus luchas en el seguimiento de Cristo y su convencimiento en la elección de un nombre que le daba una identidad propia, a ella y sus hermanas. Ese nombre ignorado después de su muerte, y sin embargo tan querido por ella y por nosotras,  pero claro, en tan pocas líneas no es fácil. Voy hacerlo lo mejor que pueda, pero aunque sea un poco largo, ten paciencia.

Es cierto, que según el derecho canónico todas las mujeres consagradas formando una comunidad dentro de una clausura son monjas y de allí que viven en un monasterio. Se entiende que el derecho va a lo general y engloba a todas en el mismo lote. Sin embargo, lo siento mucho pero la vida de Clara no se puede asociar a la vida monacal de ninguna manera. ¿Por qué? Porque cuando pudo elegirla, la rechazó. ¿Qué más necesitamos para entender que nuestra forma de vida no es monacal?

Vamos a remontar muy brevemente al origen: S. Francisco. En el siglo XII nace en Asís, Juan Bernardone, llamado luego Francisco. Si si, Francisco se llamaba Juan. Doce años después nace Clara Favarone de Offreduccio de Bernardino. Sí sí, mujer de categoría. Después de una serie de acontecimientos que ocurren en la vida de Francisco, el Señor se encuentra con él y empieza su conversión: renuncia a todos sus bienes, a la herencia paterna, (pero ¡ojo!, de manera radical: se queda con una túnica y quizás un bolsito) y comienza a restaurar algunas iglesitas entre las cuales está la de S. Damián, donde pocos años después vivirán Clara y sus hermanas.

Mientras, Clara oye hablar de Francisco y aunque algunos lo negarán, seguramente Francisco, también de ella, porque ayudaba mucho a los pobres. El caso es que Clara quiere dejarlo todo como Francisco y vivir con y como los hermanos. Una noche, domingo de Ramos, se escapa de su casa, la reciben los hermanos, la consagran al Señor y la acogen en su fraternidad. Ella se siente parte de esta primera fraternidad. Pero claro, como es mujer no se puede quedar a vivir con ellos, y menos en esta época. Así que Francisco la lleva a un monasterio de benedictinas que había en el monte, lejos de la ciudad. Pero a ella no le convence el estilo de vida monástico: vida en clausura, con sus grandes tierras cultivadas. No no, ella no quiere terreno, solo una casita para vivir con lo necesario. Tampoco quiere asumir esa jerarquización en la comunidad, cuya superiora es la priora o la  abadesa. No quiere títulos, quiere una fraternidad de hermanas que dialoguen y se obedezcan mutuamente, por amor, las unas a las otras. Tampoco quiere estar lejos de la ciudad, ni huir del mundo sino estar cerca para poder estar disponible, al servicio de la gente que lo necesita.

Y así fue, se instaló en S. Damián a las puertas de Asís, y al igual que le pasó a Francisco, empezaron a llegar las primeras hermanas. Vivían juntas sin propiedades, dependiendo de la ciudad. San Damián era una fraternidad abierta: acudían enfermos, personas en crisis, preocupadas, con necesidades materiales…y las hermanas los atendían. Pero como en esa época, las mujeres vivían en clausura en sus propias casas, no estaba bien visto dejar a las mujeres sin esa «protección». Además se multiplicaban los conventos de hermanas, y la curia se vio un poco desbordada, así que fue introduciendo la clausura poco a poco, hasta que 10 años después de la muerte de Clara. ¡Atent@! 10 años después de su muerte, el Papa reunió a todas las mujeres consagradas y las “encerró” en unos monasterios más acomodado y “burgués”, con un estilo de vida monacal, bajo el mismo nombre para todas: el de las Clarisas, derivado del nombre de Clara, porque Clara ya era santa y formar parte de una Orden que hiciese referencia a ella, pues qué quieres que te diga, era una pasada.

Por tanto, no somos monjas, sino hermanas que forman una fraternidad. Según el diccionario de la vida consagrada, la palabra “monja” viene del griego “monachos”. “Monos” significa “uno, único, solo” y “achos” significa “dolor, tristeza”. Con la palabra “monachos” se designa a los cristianos que vivían en soledad y profesaban una vida “triste” y penitente, aislada del mundo por amor a Cristo. Como ves, esa definición no se identifica con la vida de Clara. No quería aislamiento, ni dentro de la comunidad, ni fuera, con el mundo. Somos hermanas, somos familia y el mundo es también nuestro hogar. A su vez, si no somos monjas, tampoco vivimos en un monasterio sino en un convento. Lo de pobres, ya lo explicamos en otro artículo. El nombre de Verónica, es porque la persona que contribuyó económicamente en la fundación del convento en el s. XVI quiso que se pusiera ese titular.

Por último, la clausura: si a Clara se la impusieron o la asumió ella por propia voluntad, es todavía una cuestión por resolver. Sin embargo, la clausura es un medio que nos ayuda a vivir nuestra vida contemplativa. Ya explicaremos mejor lo que es la vida contemplativa, ya te digo de antemano que no se trata de levantar los ojos al cielo, torcer un poquito la cabeza y meditar sobre Dios. No, es otra cosa. Pero tampoco podemos decir que somos de clausura porque la clausura ni lo es todo, ni define lo que somos. Es un medio pero no nuestra forma de vivir.

En resumen, somos Hermanas Pobres. Si nos llaman monjas o clarisas, no pasa nada. Es como si te llamas Juan y te llaman Antonio, es una pena, pensarás que tampoco es tan difícil retener el nombre. Pero el caso es que te siguen llamando Antonio, como nos siguen llamando monjas clarisas. Pero eso, no nos quita nada, tú sigues siendo Juan y nosotras Hermanas Pobres.