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Nada hay imposible para Dios

Nada hay imposible para Dios

«Todo lo que te propongas lo puedes hacer. Todo lo que deseas lo puedes conseguir. Cree en ti. Si quieres puedes…»

Y así podríamos seguir pero yo añadiría: “con la gracia de Dios y si Él quiere.” Sabiendo que el querer de Dios no es un apuntar con el dedo: “tú sí, tú no, tú sí, tú espera un poco que me lo voy a pensar.” Dios es la Verdad, es el sumo Bien, y por tanto, su querer es lo que más nos conviene.

Por eso cuando escucho todos esos ánimos, todas esas promesas de logro y de propaganda de «consigue tus sueños«, faltaría añadir: “con la gracia de Dios y si Él quiere.”
Estamos, – y lo vemos incluso en los más pequeños-  en una época de auto superación y autosuficiencia. Si te esfuerzas, lo que te propongas lo consigues y te conviertes en alguien grande. Queremos ser, eso es así, lo llevamos en la sangre. Pues bien, creo que en estas máximas hay algo de verdad: tú decides sobre tu vida y todo esfuerzo para alcanzar un deseo se verá recompensado; pero hay un peligro y es el de no saber encajar el fracaso y el sufrimiento, el miedo o el rechazo al “no”.

De ser así, nos convertimos en tiranos y terminamos haciendo y diciendo lo que queremos. ¿Te parece bien e incluso respetuoso decir somos tiranos, tiranas, tiranes? Pues ala, si te gusta ¿por qué no? Y así vamos por la vida, haciendo lo que queremos o lo que nos parece bien, sin mirar las posibles consecuencias.

Según mi parecer, se nos ha olvidado una parte importante: la opinión de Dios. Estoy segura de que Dios pone en nosotros deseos. Deseos de todo tipo: desde deseos de ser libres, deseos de tener salud hasta deseos de fundar una familia o de tener una casa en la playa. Un cristiano antes de emprender cualquier cosa debería preguntarle a Dios o ver en su vida por donde le está llevando.

En la vida en general pero sobre todo en nuestra forma de vida contemplativa hay algo que me entusiasma, y es que nada es imposible (como decíamos más arriba), pero hay que matizar: nada es imposible para Dios. ¡Cuántas veces lo que empieza siendo una vaga idea o una propuesta termina siendo un hecho!

En nuestra fraternidad (suele ser mientras comemos -las comidas son momentos privilegiados para ello-) surge una idea, la hablamos, la comentamos, incluso soñamos de más  (forma parte de la tertulia), unas no lo ven tan claro, otras se lo ven ya todo hecho. Con lo cual, es el momento de ponerse mano a la obra: vamos a consultarle al Señor en la oración qué le parece, y por otra parte vamos a empezar a movernos, a llamar a tal sitio, escribir una carta; con el fin de ver por dónde va la cosa, si el Señor nos va abriendo o cerrando puertas. Lo importante no es el resultado, lo que al final se hace, lo importante es ir buscando cada día su voluntad, porque es la llave de nuestra felicidad. Por mi parte, os aseguro que la mitad de lo que hacemos, la mitad de lo que ocurre en nuestra vida no esperaba hacerlo y menos en un convento.

Creemos que Dios encasilla, que la religión nos impide hacer cosas, pero en realidad somos nosotros los que ponemos límites, planeando toda nuestra vida, y no dejamos al Espíritu soplar e inspirar cada día lo que Dios ha pensado para nosotros.
Así que, no te olvides de contar con Él, que no hay nada imposible para Dios.

En un baile de tres

En un baile de tres

¡No es bueno que el hombre esté solo!, y es que hemos sido creados por la Trinidad, que es relación, y hemos nacido para la relación, por amor y para amar. A lo largo de la vida vamos descubriendo que no estamos solos, se cumple esta promesa: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

Hace pocos años palpé realmente esto, que no camino sola pues me crucé con una ayuda que cambió mi vida de la noche a la mañana y gracias a ella sigo creciendo y madurando como persona, esta es “el acompañamiento”. El acompañamiento es un espacio que se concede únicamente al que es acompañado (es un tú a tú), donde de manera libre compartes con tu acompañante las sombras y las luces de tu vida con el fin de ver con más claridad. Es un paseo inolvidable, una experiencia de amor, pues contemplar el paso del Señor por la vida es disfrutar de las maravillas que solo Él puede realizar. Si te dejas modelar, si abres las puertas de par en par a los cambios que suponen dejarse tocar por Dios, es imposible que nada cambie. En esta búsqueda acompañada se redirigen los pasos, se aseguran los ya dados o se parte de cero cuando sea necesario; no existe el pararse, siempre se está a tiempo de mejorar y de resarcir los errores, se está a tiempo de ser uno mismo en la vida y ser muy feliz.

Una de las cosas que más me llama la atención de ser acompañada es sentirme profundamente amada, saber que soy escuchada, que mi vida importa y mucho; que la persona que me acompaña se siente instrumento y caminamos una al lado de la otra; no hay recetas ni directrices, el acompañante disfruta del acompañamiento igual que el acompañado, pues ninguno se cree merecedor de este regalo: el que acompaña se regala así mismo prestando su tiempo y su escucha, sin embargo sabe que el protagonista es Otro; y el acompañado presta su voluntad para acoger la de Dios, este ve al acompañante como su respaldo, sabe que detrás no hay un interés personal y que sus palabras no coaccionan. Así que, solo cuando eres dócil y buscas a Dios con sencillez, transparencia y rectitud de corazón, todo se te da por añadidura; las luces empiezan a iluminar todos los rincones de tu vida, las heridas afloran para ser curadas, hasta que un día te das cuenta de que aun sangrando ya no duelen, porque las conoces y sabes su nombre. Comienzas a conocerte de una forma distinta, te ves con la mirada de Él: una mirada limpia, que te escruta y que también te corrige, pero que ante todo te ama porque eres su hij@.

El acompañamiento no es un atajo a tus problemas, sino una ayuda que la Iglesia nos da para decirnos: “No estás sol@”, “estás hecho para ser libre y volar alto”. Porque solo el que se siente necesitado puede ser ayudado, y solo así empiezan a crecer alas. Ser acompañado es ser como el ciego que comienza a ver, como el mudo al que se le suelta la lengua y consigue dar nombre a las cosas. Ser acompañado para descubrir el auténtico sentido de la vida y cada vez querer más y más, porque Dios nunca es bastante. El acompañamiento es bailarle a la vida como una peonza donde tu punto de apoyo es Dios pero la cuerda que te lanza y te da ese chute para ponerte en marcha, es este espacio de tres en el que están: el acompañado, el acompañante y Jesucristo. Donde el corazón del acompañado desprende gratitud a Dios por los pedacicos de cielo que le brinda a través de la persona que le acompaña, y al acompañante le brota agradecimiento por los cachitos de gloria que le permite contemplar a través de la persona que acompaña.

Es tanta la ayuda del acompañamiento, que ojalá que no perdamos esta oportunidad mientras vamos de camino hacia la eternidad porque el cielo empieza aquí.

Vivir de fe

Vivir de fe

Paz y Bien

A menudo nos pasa que vemos esas películas de santos que nos llenan de fervor y como que animan nuestro espíritu, nos motivan a emprender la difícil tarea del cristiano: fiarse.

Decimos a Dios en la oración, me quiero fiar de verdad, quiero vivir convencido de que soy amado/a por ti, creo en tí; pero luego en el día a día, parece que esas buenas intenciones se quedan en un: me fío si me convence.

Pedimos muchas cosas en la oración, y sin embargo no damos pasos concretos de fe, como pueden ser: tomar una decisión que pueda cambiar tu vida, dejar el trabajo que no te gusta, dejar la carrera que no te llena o decirle a la persona que te gusta lo que sientes. Nos escondemos detrás de y ¿si no es voluntad de Dios?, nos pensamos que la voluntad de Dios viene con señales y pistas a seguir, como si el puzzle de tu vida estuviera siendo montado por Dios y nosotros sólo tenemos que dar el último paso, poner la última pieza. Se nos pasa por alto que Dios cuenta con nosotros y para que se mueva la ficha nosotros tiramos los dados. A veces no entendemos nada, y pensamos que cuerpo y espíritu son enemigos y lo que nos apetece no es bueno, y lo que no nos apetece seguro que es bueno porque no viene de mí. Ay qué ver, qué complicada se vuelve la vida, cómo vamos a decidir así, qué difícil nos lo ha puesto el Señor.

Tranquilos/as después de haber experimentado todas estas cosas, también he aprendido que Dios está dentro de mí y que cuenta conmigo con mi forma de ser, con mis gustos y deseos. Sigo aprendiendo que Vivir de fe es vivir en la aventura de arriesgar, dejarse llevar por la intuición y ser fiel a ti mismo, es quererte como Dios te ha hecho porque estás bien hecho/a no tienes que buscar la “perfección” porque no existe. Vivir de fe es confiar en la bondad de Dios y tomar decisiones que pueden cambiar tu vida pero que si te equivocas no pasa nada, Dios tu Padre está ahí contigo para aprovechar siempre lo bueno de cada situación; pero lo mejor es que si no te equivocas alucinas de lo bueno que es el Señor, de que te conoce mejor que tú mismo y que te permite vivir una vida que ni hubieras imaginado. Francisco y Clara fueron personas de fe, personas que se fiaron de su intuición y no se conformaron con vivir una forma de vida que no iba con ellos, se aventuraron a trazar caminos nuevos, con la fuerza y la guía del Espíritu Santo y fueron y siguen siendo hoy guía y camino para muchos hermanos y hermanas que quieren seguir a Jesucristo de una forma original, la forma de vida del Santo Evangelio. Ellos quisieron vivir en el vértigo de vivir saltando constantemente, de dejarse llevar por donde sopla el Espíritu, dónde ayer dije Diego hoy digo “Digo” si es lo que más conviene. Porque vivir como Jesucristo es vivir cada día con lo que trae y el criterio que mueve coda paso es el amor. Vivir de fe es vivir de la locura de Dios y para descubrirlo solo puedes saltar sino te quedarás sin saberlo y seguirás viendo pelis y preguntándote que será eso que sienten los que se fían.

Y yo le dije que sí

Y yo le dije que sí

Paz y Bien

Este Domingo pasado celebramos el misterio de la Santísima Trinidad, día en el que se recuerda especialmente a la vida contemplativa.

Nuestra aventura comenzó con un “Sí”. Éste no es algo vacío que carezca de importancia, esa pequeña respuesta es la que cambió el rumbo de nuestra vida. ¿Dónde se esconde la grandeza de este sencillo monosílabo? En que un día Alguien irrumpió en nuestra vida con gran fuerza y de repente, cuando menos nos lo esperábamos y nos propuso un camino diferente, un tanto atrevido, pero eso sí, en compañía, nos llamó por nuestro nombre y nos regaló una familia con quien compartir esta gran alegría.  

Así tiramos por tierra el gran tópico de la vida consagrada: no somos mujeres solas, serias y que se han alejado del mundo, respondimos Sí a una persona concreta que nos llamaba en un lugar concreto; dijimos sí a vivir en fraternidad, a vivir con esa familia que Él nos quería regalar y con la que podríamos compartir el gran regalo de la vida; dijimos sí a entregarnos y ser reflejo de la alegría de ser hermanas, no sólo entre nosotras sino dejando nuestras puertas abiertas para compartir y acoger; dijimos sí a vivir el ahora saboreando cada minuto, aprendiendo a hacer de lo cotidiano algo extraordinario; a no mirar el reloj, a escuchar sin prisa, a ganar el tiempo sabiendo perderlo cuando es otro el que nos necesita; dijimos sí a aprender a aprender con la ilusión y el entusiasmo de vivir aprendiendo; dijimos sí a que nuestros planes se rompan siempre que sea necesario y a que sea Dios quien nos llene la agenda; dijimos sí a confiar y abandonarnos, a no creernos demasiado valientes y fuertes como para caminar solas, sino en compañía: confrontando nuestra vida con Dios y con las hermanas: porque como solemos decir: juntas no es más fácil pero es mejor; dijimos sí a ser como niñas, a ser felices, a reír y jugar aprendiendo a ser hermanas; a vivir agradeciendo; a la sencillez, a no tener miedo a la autenticidad; dijimos sí a ser creativas y vivir atentas al Espíritu para exprimir al máximo nuestra forma de vida; a no dejarnos vencer por el miedo y por la dificultad porque el mismo que nos llamó nos había prometido que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo; dijimos sí a aprender a amar radicalmente no al son de sentimientos; a dejarnos amar y no llevar las riendas; dijimos sí a hacer carne la unión; a ser instrumento en manos de Dios queriendo siempre lo que él quisiera; dijimos sí a dejarlo todo para tener aún más; a caminar por la senda de la libertad; dijimos sí a entregar nuestra capacidad de amar y ser amadas por amor;

Pero ¿sabéis el sentido de este sí cuál es? Vivir repitiéndolo cada día, comenzando de nuevo sin quedarnos ancladas en los tropiezos, no se trata de ser perfectos, no estamos llamadas a eso, se trata de ser realmente una misma, viviendo en la verdad de que somos Hijas amadas de Dios, porque como Dice Francisco somos lo que somos ante Dios y nada más, y ante él somos Todo. Claro que es una aventura atrevida, pero realmente apasionante.

Los consagrados estamos llamados a ser fieles a este gran regalo que es vivir con Dios y con los hermanos, buscando en todas partes y en todos: el rostro de Dios, eso es contemplar.

De la vida ordinaria

De la vida ordinaria

Como muchos de vosotros sabéis, estamos emprendiendo un nuevo trabajo, pues con el que teníamos, la encuadernación,  no podíamos mantenernos.

Una de las cosas que estamos haciendo son unos delantales que llevan unas grabaciones… una de esas grabaciones dice: “Quien vive para servir sirve para vivir”

Dándole vueltas a esta grabación del delantal me voy a la capilla, a la oración con la esperanza de que el Señor me sople algo para el “aclarando” de esta semana y como otras veces no me he visto defraudada abro la Biblia y busco el Evangelio del día (Miércoles 26 de Mayo) y me quedo alucinada, admirada y no sé que más, pues dice la palabra: “ El que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros que sea esclavo de todos. Pero lo verdaderamente admirable es que el Señor se me adelanta, ve la idea que llevo en la cabeza con la bendita frase del bendito delantal y ¡zas! dándome la idea para que abra el Evangelio del día que precisamente habla del servicio. Desde luego es impresionante  me digo, y se me escapa una lagrimilla, no es para menos…

Jesús está a dos pasos de su muerte y esta palabra es parte del legado que nos deja, su herencia, nos da la clave para vivir esa felicidad con la que todos soñamos pero ¿cómo la soñamos? A nuestra manera si, esta palabra que parece contradictoria con lo que creemos que es la felicidad nos la dice no cualquiera sino el único sabio, el que tiene la verdad, el que sabe qué nos conviene porque nos ama y quiere lo mejor para nosotros.

Yo según mi experiencia, os digo que esto es vedad que cuando sirvo a mis hermanas o en general, es cuando más realizada y feliz me encuentro; pero resulta que mi “yo” me sugiere que busque la comodidad, que me sirvan…

Esto es un combate, pero un maravilloso combate  porque me hace volverme al Señor y buscar su ayuda, pues es el único que me la puede dar y que además lo está deseando.

Si, servir es “dar la vida” pero hay que darla graciosamente, con gusto, porque sabes que estás sola en esto, que esa molestia que te causa salir o que te saca de la comodidad se convierte en bienestar porque con el Señor cualquier molestia se transforma en alegría ya que El está dando la vida contigo o mejor dicho, la está dando en ti. Tú solo pones el cuerpo, lo demás es suyo.

Así que “manos a la obra” pues dice el Señor: Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá, porque todo el que busca encuentra, al que pide se le da y al que llama se le abre.

Que tengáis un bonito día con Él y con su Madre que lo es también nuestra, la Virgen María.  

Amar sirviendo, Servir amando

Amar sirviendo, Servir amando

Qué bello es vivir fiándose de Aquél que nos ha regalado la vida para amar.

Dice el señor:”Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando, y este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Es todo un programa de vida que resulta fácil cuando confiamos en el Señor, cuando creemos a ciencia cierta que está a nuestro lado, así lo amargo ya no resulta tan indigesto y lo imposible se hace posible.

Jesucristo se ha hecho para nosotros camino, tan solo tenemos que seguir sus huellas para no despistarnos de la meta que es el cielo.

Él ha venido a hacer la voluntad de su padre, haciendo el bien, sirviendo, y nos lo ha enseñado con su ejemplo.

Nosotros si seguimos sus huellas, somos ejemplo y espejo para los que están cerca y también para los que están lejos.

Sentimos la necesidad de experimentar la amistad del señor, su cercanía, su intimidad, pero a veces olvidamos que no se puede amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano a quien vemos.

Si lo pensamos bien, es sencillo amar con el amor que recibimos de Dios.

Cuando nos dejamos querer, cuando acogemos el amor gratuito de Dios, nos convertimos en canal de gracia donde fluye la gratuidad, aparecen detalles pequeños, gestos muy humanos y hacemos feliz a quien está a nuestro lado.

Pero no podemos dar lo que no tenemos y por eso necesitamos la oración, para poder amar, servir y sembrar alegría al caminar, aunque no de cualquier forma, sino de forma franciscana, siendo y haciendo Iglesia como Francisco y Clara, empujando y animando a más Evangelio desde la coherencia personal y desde la búsqueda en común.

Yo ya tengo claro como Clara lo que quiero:

“Quiero vivir sirviendo y morir amando, amar sirviendo y servir amando”.