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Amar sirviendo, Servir amando

Amar sirviendo, Servir amando

Qué bello es vivir fiándose de Aquél que nos ha regalado la vida para amar.

Dice el señor:”Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando, y este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Es todo un programa de vida que resulta fácil cuando confiamos en el Señor, cuando creemos a ciencia cierta que está a nuestro lado, así lo amargo ya no resulta tan indigesto y lo imposible se hace posible.

Jesucristo se ha hecho para nosotros camino, tan solo tenemos que seguir sus huellas para no despistarnos de la meta que es el cielo.

Él ha venido a hacer la voluntad de su padre, haciendo el bien, sirviendo, y nos lo ha enseñado con su ejemplo.

Nosotros si seguimos sus huellas, somos ejemplo y espejo para los que están cerca y también para los que están lejos.

Sentimos la necesidad de experimentar la amistad del señor, su cercanía, su intimidad, pero a veces olvidamos que no se puede amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano a quien vemos.

Si lo pensamos bien, es sencillo amar con el amor que recibimos de Dios.

Cuando nos dejamos querer, cuando acogemos el amor gratuito de Dios, nos convertimos en canal de gracia donde fluye la gratuidad, aparecen detalles pequeños, gestos muy humanos y hacemos feliz a quien está a nuestro lado.

Pero no podemos dar lo que no tenemos y por eso necesitamos la oración, para poder amar, servir y sembrar alegría al caminar, aunque no de cualquier forma, sino de forma franciscana, siendo y haciendo Iglesia como Francisco y Clara, empujando y animando a más Evangelio desde la coherencia personal y desde la búsqueda en común.

Yo ya tengo claro como Clara lo que quiero:

“Quiero vivir sirviendo y morir amando, amar sirviendo y servir amando”.

Crecer jugando

Crecer jugando

Una de las cosas que me tienen enganchada a esta forma de vida es la sabiduría que derrocha por todas partes y si sabes aprovecharte de todo lo que vives, de todo puedes sacar partido para tu crecimiento tanto a nivel personal como comunitario y espiritual.

Nuestro horario comunitario es un gran aliado para ello. De él me voy a centrar en el tiempo que le dedicamos a la recreación y en nuestro proyecto de vida con los días de la fraternidad. Este tiempo es muy importante pues aunque puede sonar raro, es una prolongación de nuestra oración y una buena ocasión para expresarla.

Este tiempo que dedicamos todos los días durante las comidas y después de cenar es un buen caldo de cultivo para crear lazos cada vez más fuertes y sólidos que unan a la fraternidad.

La recreación durante la comida y la cena es algo tan sencillo como escucharnos unas a otras aquello que queremos compartir, ya sean experiencias de fe, cosas que hayamos aprendido, informar sobre acontecimientos, documentos, noticias que nos afectan o debemos conocer, expresar nuestra opinión, contar anécdotas, chistes, recordar nuestro pasado …. A simple vista no tiene nada de particular pues seguro que cuando os reunís entorno a la mesa con vuestros seres queridos también compartís vuestras vidas. Pero si miramos más allá, hacer esto día a día a nosotras nos ayuda a fortalecer nuestros lazos fraternos y a crear actitudes de acogida y escucha hacia la hermana.

Luego está la recreación después de cenar. Siempre que podemos echamos mano del juego. Si, lo he escrito bien. Nos encanta jugar y dado los beneficios que nos aporta vimos la posibilidad de dedicar parte de nuestras vacaciones a divertirnos jugando.

De estos ratos que dedicamos a jugar sacamos mucho provecho ya que nos ayuda a desconectar de las exigencias y responsabilidades que tenemos, creamos entre nosotras lazos más estrechos y disfrutamos de estar juntas. Se dispara la imaginación y con ello la creatividad, nos sentimos más felices, nos hace felices. Cuando hacemos algo que nos gusta por el simple hecho de disfrutar, nuestra forma de ver la vida va cambiando y se va adquiriendo un cierto equilibrio entre nuestras obligaciones y el saber disfrutar. Nos ayuda a gestionar nuestras emociones, saca lo mejor de nosotras y jugando nos mostramos tal como somos, nos va despojando del miedo al ridículo y nos ayuda a expresarnos, aprendemos a resolver conflictos, a salir de nosotras mismas, a trabajar en grupo, a ser competitivas, a no ser conformistas, a ir a por todas, a respetar, a saber estar, a perseverar, a gestionar la derrota, a saber que tenemos derecho a equivocarnos…. Y así un sinfín de cosas que nos empujan a formarnos como personas integras y alegres.

Es cuestión de llamada

Es cuestión de llamada

Hace unos años, salió en la tele un reality: Quiero ser monja. A parte de que nos pareció ridículo y triste hacer una cosa semejante, el título demuestra a la perfección lo que se buscaba detrás de eso: a uno mismo. En cambio, la llamada de Dios no es que tú quieras o no quieras, es mucho más grande que nuestras simples ganas o deseos (que también son importantes y las toma en cuenta). Pero es Dios quien llama, es Dios quien tiene la iniciativa. Y normalmente, nadie quiere ser llamada a la vida religiosa. Y cuando digo nadie es nadie. Ninguna aquí en casa, en el convento quiso que Dios la llamara a la vida consagrada. ¿Quiere esto decir que estamos amargadas porque vamos en contra de nuestra voluntad para hacer lo que Dios quiere? No.

Aquí viene lo sorprendente y maravilloso y es que Dios nos va atrayendo poco a poco hacia Él, nos va seduciendo y hace coincidir nuestra voluntad con la suya. Para unos es rápido, otros pasamos por unas luchas internas en las que nos enfrentamos a Dios para decirle que se ha pasado, que no queríamos que entrara tanto en nuestra vida, que no hace falta tanto para ser cristiano. Pero al fin y al cabo, ¿cómo decirle que no a Dios?…Es entonces cuando uno se rinde, la propia voluntad coincide con la de Dios y terminas diciendo: ¿qué quieres Señor?  Libremente nos sometemos a Él, libremente le entregamos nuestra libertad. Pero ojo, eso lo podemos hacer porque al llamarnos nos capacita, nos da la capacidad para responder a la llamada que nos ha hecho. Por tanto, veis que méritos, no tenemos ninguno.

Ahora, hablemos de la llamada en concreto. ¿Cómo ocurre? Muchos creen (yo también lo creía) que cuando Dios te llama ves una luz, oyes una voz, sientes un escalofrío, o alguna sensación fuerte y espectacular a la que no te puedes resistir y entras en éxtasis, o quizás levitas etc.. Pues ya te digo que no es nada de eso, ni voz, ni luz, ni viento. ¡Qué bajón! Me vas a decir (y con razón) que hasta ahora la llamada es todo menos atractiva. Pero es que la llamada de Dios es mucho más sencilla, mucho más normal, mucho más humana, como es Dios. Y si la buscas con la ayuda de otros, la descubrirás.

Me acuerdo que cuando hice mi experiencia con las hermanas para discernir si era mi vocación, estaba viendo que era posible que Dios me estuviese llamando pero necesitaba ver un poco más claro. Y le pregunté a una hermana cómo podía saber si Dios me llamaba o no. Y ella me contestó: “tú lo sabes, en el fondo lo sabes.” Y así es, lo supe. Cuando te encuentras en tu sitio, cuando eres profundamente feliz (fuera de si tienes un buen día o no) y no te hace falta nada más, entiendes que ésta es tu vocación.

Y esta vocación no termina, la llamada de Dios es para toda la vida aunque no toda la vida estés sintiendo la llamada. Lo sé, asusta un poco pero esto se llama vivir de fe. Lo importante es permanecer y tratar de mantener viva la llamada con la misma ilusión que el primer día.  Esto es posible porque es Dios quien hace Alianza con nosotras, no nosotras con Él. Por tanto, veis que méritos, no tenemos ninguno.  

El hogar y la Escuela del Amor

El hogar y la Escuela del Amor

Hace unos días una hermana decía: ¡Esta pascua ha venido pisando fuerte! ¡Tenemos la enfermería a tope! Es cierto que no siempre es todo fácil ni agradable… y os podréis preguntar cómo se vive la dificultad en una casa de Hermanas Pobres. La respuesta es sencilla y encierra mucho más que lo que las palabras puedan expresar.

¿Sabéis? Se nos ha hecho un regalo y éste es la fraternidad. Sí, así es como vivimos cada acontecimiento: en fraternidad.

Muchas veces nos creemos merecedores de todo, de amor, comprensión, atención… pero pocas veces caemos en la cuenta que tener al lado alguien, compartir la vida con otros, es mucho más que lo que recibimos de ellos. Eso no es fraternidad.

Precisamente hay momentos en los que aparece la enfermedad cuando aún tienes mucho que dar; o en otros, donde los años comienzan a hacer de las suyas y se van perdiendo las fuerzas. Es entonces, cuando te das cuenta que el amor va más allá de las compensaciones, del dar y recibir, de que te agradezcan o de que te presten atención…

Cuenta una leyenda de los hermanos de Francisco de Asís que iban dos caminando y un vecino comenzó a tirarles piedras y a insultarlos, el hermano que se encontraba en el lado opuesto, al ver que su compañero recibía los golpes, no dudó en colocarse en su lugar para que éste no recibiera las pedradas y así protegerlo e incluso dar la vida por él. A esto se parece un poco más la fraternidad.

Cuando ves a un hermano débil, necesitado y que aparentemente no tiene mucho ofrecerte, es cuando puedes vivir realmente el misterio del amor más sincero, de la fraternidad, de la entrega sin condiciones, y te preguntarás ¿cómo? sencillamente caminando a su lado, ni delante ni detrás; no eres ni su salvador, ni su sirviente, sino su hermano y por eso vas a su lado, dejas de ser tú el importante y sólo te preocupa aliviar su necesidad, no te importa tu cansancio, o todo lo que tengas que hacer, si es agradable o desagradable lo que necesita de ti… ahora, el importante es él.

Pero también es importante la otra perspectiva, la del hermano que está necesitado y débil. Todos sabemos que no es fácil dejarse amar, preferimos llevar las riendas y las botas puestas, creemos que seremos más amados cuanto más aportemos, corremos el riesgo de quedar centrados en nosotros mismos e incluso de volvernos exigentes, de darnos demasiada importancia y perder la oportunidad de conocer la gratuidad del amor de Dios a través de los cuidados del hermano.

A veces un simple gesto, un pequeño detalle, puede hacer que todo un día sea diferente; aquí en casa, si una está enferma o necesitada se mueve cielo y tierra para que esa hermana vea el amor de Dios, no importan los horarios, si hay que desmontar la casa, si hay que hacer de una habitación una capilla; incluso, puede ser que hasta más de una pierda el sueño intentando buscar lo mejor para esa hermana…etc. Sí es cierto, juntas no es más fácil, pero desde luego, que es lo mejor. Las dificultades siguen siendo las mismas, pero no vamos solas, caminamos juntas con la mirada puesta en una misma meta: conocer y vivir del amor de Dios, el que conoceremos en fraternidad ya que es el hogar y la escuela donde habita y se aprende a amar y a ser amado.

La pastoral del párpado

La pastoral del párpado

No sé si sabes o deduces por el nombre lo que es “la pastoral del párpado”, pero te adelanto que aunque no lo sepas, seguro que tú también la pones en práctica.

Aquí utilizamos mucho esta palabra para referirnos al aprendizaje que trae en sí la vida porque aunque esta es gratis, tienes que estar avispao si quieres aprender de ella, porque sacar provecho de las circunstancias y crecer como persona no viene en ningún manual. Y sí, es cierto, los estudios forman pero la vida es una señora maestra.

La pastoral del párpado es precisamente eso: tener los cinco sentidos bien atentos para coger lo provechoso y útil, y descartar lo que estorba. En un sentido cristiano sería: apreciar las cualidades, dones de cada persona e imitar siempre lo bueno. Ver cómo o de qué manera puedes contribuir en algo; ayudar; mejorar las relaciones, y todo eso sin perder de vista la meta que es Cristo. Todos los días te dan lecciones magistrales, lecciones que llevan consigo sorpresas e imprevistos a los que hay que hacer frente pero solo si los miramos más allá de la superficie veremos que todo es para bien y todo viene en nuestra ayuda.

Nosotras tenemos el ejemplo de nuestra hermana Clara de Asís, ella animaba a sus hermanas a ser espejos de Cristo, a ser ejemplos unas de las otras, pues ciertamente y el ejemplo más que la palabra, arrastra. Y es esto precisamente lo que a mí me empuja a caminar: tener hermanas que me recuerdan cada día que lo que importa por encima de todo es amar, que las diferencias son evidentes pero gracias a ellas se da la complementariedad. Esta es la pastoral de las hermanas pobres, como ves es muy sencillica; no se necesita tomar apuntes porque no hay pautas de nada, tan solo hay que entrenar los sentidos para ver realmente qué te está pidiendo la vida en cada momento y qué puedes tú ofrecerle.

Pues eso, que como solemos decir: “solo es cuestión de mirada”, ya sabes…