Qué bello es vivir fiándose de Aquél que nos ha regalado la vida para amar.

Dice el señor:”Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando, y este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Es todo un programa de vida que resulta fácil cuando confiamos en el Señor, cuando creemos a ciencia cierta que está a nuestro lado, así lo amargo ya no resulta tan indigesto y lo imposible se hace posible.

Jesucristo se ha hecho para nosotros camino, tan solo tenemos que seguir sus huellas para no despistarnos de la meta que es el cielo.

Él ha venido a hacer la voluntad de su padre, haciendo el bien, sirviendo, y nos lo ha enseñado con su ejemplo.

Nosotros si seguimos sus huellas, somos ejemplo y espejo para los que están cerca y también para los que están lejos.

Sentimos la necesidad de experimentar la amistad del señor, su cercanía, su intimidad, pero a veces olvidamos que no se puede amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano a quien vemos.

Si lo pensamos bien, es sencillo amar con el amor que recibimos de Dios.

Cuando nos dejamos querer, cuando acogemos el amor gratuito de Dios, nos convertimos en canal de gracia donde fluye la gratuidad, aparecen detalles pequeños, gestos muy humanos y hacemos feliz a quien está a nuestro lado.

Pero no podemos dar lo que no tenemos y por eso necesitamos la oración, para poder amar, servir y sembrar alegría al caminar, aunque no de cualquier forma, sino de forma franciscana, siendo y haciendo Iglesia como Francisco y Clara, empujando y animando a más Evangelio desde la coherencia personal y desde la búsqueda en común.

Yo ya tengo claro como Clara lo que quiero:

“Quiero vivir sirviendo y morir amando, amar sirviendo y servir amando”.