¿Cómo vivís?, ¿cómo es vuestro día a día?, Esta es una pregunta que nos hacéis cuando os acercáis a nosotras.

Saber vivir no es tan sencillo como parece, nadie nace sabiendo vivir, tampoco se imparten clases sobre cómo  aprender a vivir, pero atentos a la vida que es una gran maestra, podemos ir aprendiendo de todos y de todo a vivir, y así hasta que muramos, o sea, toda la vida aprendiendo.

Cuando pienso en el gran regalo de la vida el sentimiento que me brota es: ¡Qué bello es vivir!

Cada mañana, al amanecer cuando me despierto, lo primero que  brota de mi corazón es: “Gracias Señor por la vida”, que con palabras de Santa Clara sería: “Gracias Señor porque me has creado”.

Desde ese momento descubro la necesidad de relación con el gran dador de todo don, y cómo no, de la vida; tengo la necesidad de sentirme amada, escucharle, hablarle y estar con Él. Es lo que da sentido a mi vida, Él hace que no mire hacia atrás con ira ni hacia adelante con miedo sino a mi alrededor con atención.

Me preparo para el encuentro disfrutando de la hermana agua con una buena ducha y de camino a la capilla hago una pequeña parada pasando por la cocina atraída por ese irresistible olor a café que alguna hermana anticipándose ha preparado para las demás.

En la capilla nos vamos reuniendo poco a poco toda la Fraternidad para empezar el día rezando, disfrutando de un espacio y tiempo en intimidad con el Señor y celebrando lo que es el centro de la jornada: “la Eucaristía”, que es donde se cargan nuestras pilas, se incrementa nuestra vitalidad, brota la creatividad y florece la Fraternidad.

Sin olvidar a nuestro hermano cuerpo, que sin él no podemos funcionar, tomamos un ligero desayuno y seguidamente ejercicio según cada cual su posibilidad.

Ya estamos dispuestas para la misión, que más que hacer consiste en “ser”, poniendo nuestra confianza en el Señor, con la certeza de que sin Él no podemos hacer nada.

Teniendo claro nuestra identidad estamos dispuestas para la actividad (Taller, cocina, huerto, enfermería…) allí donde se nos necesite como instrumentos en sus manos sabiendo para quien trabajamos.

Antes de una comida compartida con un diálogo fraterno nos volvemos a reunir en torno al Señor, así es difícil olvidar quien es el “prota” y que no solo de pan vive el hombre.

Después de comer, la santa siesta, y la tarde la dedicamos a la formación y responsabilidades personales, acompañar a quien lo necesite…

Nos volvemos a reunir para  la oración y vísperas. Seguidamente vamos a la cena y después a disfrutar de un rato de ocio y juego porque el que no se hace como un niño no entrará en el reino de los cielos.

Antes del descanso rezamos la última oración del día, completas y hasta mañana.

Como veis un día bien organizado da para mucho:

Orar, rezar, celebrar, leer, estudiar, reflexionar, trabajar, ejercicio, dialogar, jugar, descansar y todo esto entregadas en libertad con alegría.

Así es como vamos aprendiendo de la escuela de la vida a “ser Feliz”.

P.D: La vida es un regalo pero pasa a prisa y vuela ¡Disfrútala! Cada uno es responsable del guión de la propia existencia.